Así reacciona tu cerebro a la naturaleza

Cuando estamos en contacto con la naturaleza -ya sea en pleno desierto o frente a un árbol de nuestro patio trasero- le hacemos un favor a nuestro cerebro.

Si sales al desierto, David Strayer es el tipo de hombre que quieres detrás del volante. Él nunca lee mensajes de texto o conversa al teléfono mientras conduce, ni siquiera aprueba comer en el coche. Psicólogo cognitivo de la Universidad de Utah se especializa en la atención, Strayer sabe que nuestros cerebros son propensos a errores, especialmente cuando estamos en modo multitarea y esquivando las distracciones. Entre otras cosas, su investigación ha demostrado que el uso de un teléfono celular afecta a la mayoría de los conductores tanto como el consumo de alcohol.



Strayer está en una posición única para entender cómo nos afecta la vida moderna y cree conocer el antídoto: La naturaleza.

Nuestro cerebro, dice, no son máquinas incansables; Son fácilmente fatigables. Cuando ralentizamos, detenemos el trabajo y disfrutamos de un bello entorno natural, no sólo nos sentimos restaurados, sino que nuestro rendimiento mental también mejora. Strayer demostró con un grupo de participantes de Outward Bound que después de tres días de excursionismo en plena naturaleza, mejoraron en un 50 por ciento las tareas creativas de resolución de problemas. El efecto de tres días, dice, es una especie de limpieza del parabrisas mental que se produce cuando hemos estado inmersos en la naturaleza por el tiempo suficiente.

“En el tercer día mis sentidos recalibran: huelo y oigo cosas que no había percibido antes”, dice Strayer. “Estoy más en sintonía con la naturaleza”, continúa. “Si puedes tener la experiencia de permanecer en este estado durante dos o tres días, parece producir una diferencia en el pensamiento cualitativo”.

La hipótesis de Strayer es que el estar en la naturaleza permite que la corteza prefrontal, el centro de mando del cerebro, descanse.

En Inglaterra, investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Exeter recientemente analizaron los datos de salud mental de 10.000 habitantes de la ciudad y usaron cartografía de alta resolución para rastrear donde los sujetos habían vivido más de 18 años. Encontraron que las personas que vivían cerca de un espacio más verde reportaron menos angustia mental, incluso después de ajustar los ingresos, la educación y el empleo (todos ellos también están correlacionados con la salud). En 2009, un equipo de investigadores holandeses encontró una menor incidencia de 15 enfermedades -incluyendo depresión, ansiedad, cardiopatía, diabetes, asma y migrañas- en personas que vivían a menos de media milla de un espacio verde.

Es difícil decir por este tipo de estudios por qué la gente se siente mejor. ¿Es el aire fresco? ¿Algunos colores o formas fractales desencadenan neuroquímicos en nuestra corteza visual? ¿O es que las personas de los barrios más verdes usan los parques para hacer más ejercicio? Eso es lo que pensó Richard Mitchell, un epidemiólogo de la Universidad de Glasgow en Escocia. “Yo era escéptico”, dice. Pero al investigar encontró menos muerte y enfermedades en las personas que vivían cerca de parques u otros espacios verdes, incluso si no los usaban. “Nuestros propios estudios y otros muestran estos efectos restaurativos, ya sea que haya ido a caminar o no”, dice Mitchell.

Lo que él y otros investigadores sospechan es que la naturaleza funciona principalmente como reductor del estrés. En comparación con las personas que carecen de vista hacia la naturaleza, los que pueden ver los árboles y el césped se recuperan más rápido en los hospitales, tienen un mejor rendimiento en la escuela, e incluso muestran un comportamiento menos violento en los barrios. Este tipo de resultados se manifiesta en estudios experimentales del sistema nervioso central. Las mediciones de las hormonas del estrés, la respiración, la frecuencia cardíaca y la sudoración sugieren que las dosis cortas de naturaleza -o incluso imágenes del mundo natural- pueden calmar a la gente y mejorar su rendimiento.

Artículo original, National Geographic



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